¿Hay pitufos nuevos, tío Eduardo?

¿Hay pitufos nuevos, tío Eduardo?, le decía yo con mi media lengua de cinco años cuando iba a verlo a la Papelería Vinci. Hacía poco tiempo que él había dejado la distribución de productos de ganadería por toda la provincia de Córdoba. Y empezaba con ilusión con la papelería que tan bien ha mantenido todos estos años toda la familia. Y así le dedicaba más tiempo a sus olivos del Retamar. 

Como sobrino, siempre vi en mi tío a una persona tranquila, afable y con muy buen humor. Pero no ha sido hasta hace unos meses, al perder él casi por completo la vista, cuando me he dado cuenta de que estaba hecho de una pasta especial. No sé si por haber vivido en otras épocas de escasez, por haber visto cosas duras que ahora están casi olvidadas, por haber llegado a los ochenta rodeado del inmenso cariño de su familia… No sé los motivos, pero mi tío Eduardo, al igual que todos sus hermanos, al hacerse mayores y aparecer los achaques nos enseñan una alegría, una forma de disfrutar de lo que tienen cerca, de no cargar a los demás con sus goteras, de saber ver el lado bueno de todo, que me río yo de los libros modernos de autoayuda. 

Decía ayer don Alejandro que, los que hemos tenido suerte de estar cerca del tío Eduardo, hemos podido entender mejor cómo es Dios. Y ahora me arrepiento de no haber ido más veces con él a pasear por el Retamar a ver sus hojiblancos recién plantados. “Llamad a Ricardo, a ver qué están haciendo ellos en los olivos”. Eres tú, tío Eduardo, quien me enseñabas y me sigues enseñando. 

El fastidio por la lluvia

Antes de dedicarme al campo, la lluvia me resultaba molesta. Que si el paraguas, que si los pies mojados, que si te pilla de improviso. Los días de lluvia no podía jugar en los columpios, no podía quedarte a charlar con los amigos en los soportales al bajar del autobús, tenía que rebuscar en el armario el chubasquero olvidado…

Pero ahora es distinto. Ahora me paso el día deseando que llueva. En eso me parezco cada vez más a Araceli, mi suegra, que siempre está mirando el portal arjonero, a ver cuánto ha caído en sus olivos. 

Cuando después de una noche de repiqueteo de agua en los cristales llego a la entrada de los eucaliptos y los baches polvorientos se han convertido en charcos rebosantes de agua y los naranjos lucen verde oscuro, lavados por el agua, me da una alegría tremenda. 

Lo primero son las previsiones en las múltiples apps del tiempo, después ver el frente avanzar mojando la península en el Rain Alarm, y finalmente encontar los pluviómetros llenos, como el de @rafaeraso

Y muchos días así nos llenan los pantanos, nos dan descanso en el riego y nos engordan la fruta. Así que el fastidio por la lluvia lo he dejado muy escondido en el niño de ciudad que fui. 

Volver al pueblo

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Soy de Córdoba capital y no tengo pueblo. Por eso me hice arjonero de adopción, ya que mis suegros son de allí. Y algunos fines de semana volvemos a “nuestro” pueblo.
Normalmente vamos en su fiesta grande, Fiestasantos o en la feria. Y los niños pueden andar por donde quieran sin coches, buscando la procesión, los gigantes y cabezudos, la quema de Daciano… Con los petardos tronando que ya no les asustan como antes.
Este fin de semana, para preparar la casa que casi siempre anda cerrada, hemos aprovechado para ver los olivos que están muy cerquita del pueblo. Unos más cargados. Otros más vacíos. Yo soy más de regadío, pero a mi suegra le gusta que les eche un vistazo y los recorra con mi tocayo Ricardo. Él tiene toda la experiencia del mundo en esta tierra de Arjona y cuida los árboles centenarios con todo el cariño.
Toda una delicia llegar a Arjona, verla en alto entre los olivos, subir hasta Santa María, donde corre todo el fresco a la puesta de sol, dejar a los niños andar libres por la calle, ir a comprar dulces a Campos, charlar con su gente, siempre amable y respirar la tranquilidad del verano en el centro de la provincia de Jaen.

Visitad www.portalarjonero.com y veréis mucha info.

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