Tras los fríos, en la Sierra de Andújar

Después de una semana de heladas, estábamos invitados a pasar un día de campo en la sierra de Andújar, siguiendo la carretera de la Virgen de La Cabeza, justo antes de llegar a la provincia de Ciudad Real, en el Risquillo. 

Habíamos consultado la aplicación del tiempo unas doscientas veces en los últimos días, siempre con el mismo resultado. Temperaturas entre 0 y 8 grados. Así que nos forramos con capas y capas de ropa. Todavía recuerdo días de mucho frío en el campo cuando era chico y la experiencia me dice que siempre es preferible que sobre abrigo. 

Llegamos a las nueve a la finca y desde el coche sólo veíamos campos blancos, después de dejar atrás las curvas de la sierra de Andújar. 

Después de un gran desayuno y de calentarnos en la candela, el campo nos recibió a las once de la mañana con el sol fuera. No me podía creer la buena sensación de temperatura tan agradable. Cuando nos quedábamos en silencio, el zumbido de las abejas era intensísimo, que salían de las colmenas aprovechando los rayos de sol para buscar flores de romero y de madroño. 

En nuestra sierra pasamos frío cuando hay que pasarlo, pero en cuanto el sol asoma un poquito, la primavera pone en marcha el reloj y disfrutamos del campo bien abrigados. Pasar un día de campo junto a mi padre y su conocimiento del monte es todo un regalo. 

Amor por el campo. De padres a hijos

Desde pequeño me ha gustado mucho el campo. Mis padres me han llevado un fin de semana sí y otro también a la sierra de Córdoba. Y supongo que después de muchos paseos con ellos, enseñándome a andar sin hacer ruido para no espantar a los bichos, aprendiéndome los nombres que se les da en Córdoba a los matorrales, me empaparon de afición al monte, el campo. Luego me gustaron las matemáticas, la ingeniería, y viviendo en Córdoba, acabé siendo ingeniero agrónomo, claro.

Siempre he visto con admiración todo lo que ha hecho mi padre, Mariano Aguayo. Como cualquier hijo, supongo. Pero los años me han hecho valorar aún más cómo en 1986, a sus 53 años, deja el mundo de la banca y retoma su afición de juventud pintando, escribiendo, esculpiendo. Era la primera vez que la salud del corazón le obligó a cambiar de actividad. Y desde luego que fue para mejor.

Hace ahora casi dos años que le volvió a ocurrir. Y un infarto cerebral, del que salió gracias al Hospital Reina Sofía de Córdoba, le obligó a volver a aprender la escritura y la lectura. Una prueba que le puso la vida, de la que la mayoría saldríamos deprimidos, hundidos. Y sin embargo él jamás se ha venido abajo.  Nunca desanimado, cogió de nuevo el toro por los cuernos y volvió a aprender español con el esfuerzo diario. Ha sido aleccionador verlo esforzarse día a día con coraje, sin quejarse. Con el apoyo constante de mi madre, reconvertida a profesora de lengua.

Gracias a Dios, sus habilidades para la pintura quedaron intactas y desde el primer día de recuperación de su enfermedad ya nos estaba haciendo bocetos con papel y lápiz desde la habitación del hospital.

Hoy, dos años después, nos ha enseñado a sus hijos su mejor lección: su excelente disposición ante las adversidades, su trabajo diario sin descanso, su ilusión por crear, por empezar de nuevo. Y todo ha cuajado, también gracias al apoyo de Carmen del Campo, en una nueva exposición de pintura inaugurada el viernes, en la galería de arte que ella tiene en el centro de Córdoba, con temática completamente nueva con respecto a lo que hacía hasta ahora.

Lo poco o mucho de literatura, de estética y de amor por la naturaleza que pueda tener este blog es herencia clara de mis padres. Mil gracias a los dos.